«Una Cucharada de Chocolate»: Cuando la Venganza se Sirve a Medias (y con un Toque de Confusión)
El veterano Unique (Shameik Moore), recién salido de prisión, busca una vida tranquila. Gracias a un oficial de libertad condicional comprensivo (Blair Underwood), consigue reubicarse en Ohio, donde vive su primo Ramsey (RJ Cyler), su única familia. Pero la paz dura menos que un caramelo en la boca de un niño: en el primer día ya están en el punto de mira de una banda local liderada por el hijo del corrupto sheriff (Michael Harney). Y como si fuera poco, hay una conspiración racista a gran escala dando vueltas. Oh, y Unique también se enamora… justo antes de que todo explote.
«Una Cucharada de Chocolate», la última obra del director RZA (un gurú cultural con debilidad por las películas de explotación clásicas y el cine marcial), promete ser un cóctel explosivo inspirado en Tarantino. Y lo es… a medias. La película, presentada recientemente en el Festival de Tribeca, se presenta como una carta de amor a esos géneros que tanto le gustan, sazonada con experiencias personales del director y reflexiones sobre el racismo institucional.
El problema es que la mezcla no termina de cuajar. La cinta arranca con un prólogo intrigante (vibra *Déjame Salir*), pero pronto se diluye en algo más parecido a una versión moderna de *Rambo*, aunque con aspiraciones de ser mucho más. La inconsistencia estilística y los constantes cambios de tono son palpables.
Hay drama, hay explotación, hay sátira… pero nada termina de encajar del todo. La película cojea entre momentos de clímax y sentimentalismo, resultando extrañamente plana y llena de tópicos. El verdadero motor, la semilla que el director parece cultivar con cariño, es la búsqueda de venganza final.
Y ahí sí, en los últimos quince minutos, vemos a Shameik Moore transformarse en una suerte de justiciero mítico, un caballero vengador en toda regla (cinemáticamente hablando y también ideológicamente). El problema es que para llegar a ese punto hay que sobrevivir a una narración confusa y decisiones estéticas cuestionables, como los cambios repentinos al blanco y negro.
La película tiene buenas intenciones; aborda temas relevantes y actuales. Y el diálogo final, donde Unique reconoce la futilidad de intentar razonar con su antagonista, transmite un mensaje importante: la conversación debe continuar, cueste lo que cueste. Lástima que, para entonces, es probable que la paciencia del espectador (como la del protagonista) ya esté por los suelos.
En resumen: «Una Cucharada de Chocolate» tiene el corazón en el sitio correcto, pero le falta un poquito de coherencia y una buena dosis de ritmo para no quedarse en un postre insípido.
