El Caballero y el Príncipe: Cuando ser bueno es un acto de rebeldía (y una superpotencia)
Peter Claffey, con su interpretación de Ser Duncan el Alto («Dunk»), hace que la bondad parezca tan natural, tan… fácil, que casi le resta mérito al personaje. Y eso es un problema, porque en un mundo como Westeros, donde dragones, traiciones y crímenes de guerra son el pan nuestro de cada día, mostrar a alguien *genuinamente* bueno resulta ser una tarea titánica.
Normalmente, preferimos los Aerion Targaryen, esos villanos que abrazan su lado oscuro sin remordimientos (porque, seamos honestos, son mucho más entretenidos). O bien, si nos atrevemos con un personaje moral, lo hacemos débil, menos interesante… como si la bondad fuera una tara. Especialmente en un universo tan cínico y egoísta como este.
Pero Claffey ha hecho magia: Dunk convierte su rectitud en una especie de superpoder. No es el más listo ni el más fuerte de Poniente (ni mucho menos), pero la serie nos demuestra, episodio tras episodio, que eso no define a un buen hombre. La bondad no es algo que se *es*, sino algo que se *hace*. Es como el amor o la fe: requiere esfuerzo, una elección constante. Y Dunk lo hace evidente: cada decisión suya es deliberada, una senda que elige recorrer conscientemente. Rechaza las facilidades de Summerhall y la camaradería con Lyonel, optando por un camino propio marcado por su mentor (clavar una moneda a un árbol, ¡qué simbolismo!).
Y no es casualidad que este episodio nos presente más a fondo a Maekar Targaryen. Hasta ahora, el hermano menor de Baelor no tenía mucho protagonismo en la historia de Dunk. Pero ahora, tras el juicio, su personaje también se encuentra en una encrucijada: ¿quién será sin Baelor? ¿Cómo le afectará lo sucedido? Lo vemos enviando a Aerion a Essos con la esperanza (ingenua) de que se reforme y dispuesto a entrenar a Aegon a pesar de sus reticencias. Hay crecimiento, sí, pero un crecimiento áspero, complicado… quizás sea la única forma en que alguien como Maekar puede aprender. No es Baelor (ni mucho menos), pero tampoco es un hombre malo. Curiosamente, en las novelas originales, Maekar permite a Egg acompañar a Dunk; aquí, el joven escapa y deja a su padre descubriendo su ausencia *después* del hecho. Prefiero la versión original, porque permite que Maekar priorice conscientemente las necesidades de Aegon, algo que no parece hacer con frecuencia.
La temporada concluye como debía hacerlo: con Dunk y Egg en camino hacia nuevas aventuras, con un horizonte lleno de posibilidades. ¡Incluso recuperan a Sweetfoot! (Aunque Dunk luego la devuelve a Raymun…). *El Caballero de los Siete Reinos* podría terminar aquí mismo, en este momento de esperanza y humor, con un mundo entero por delante y solo un príncipe muerto… una pequeña tragedia comparada con las masacres habituales de *Casa de los Dragones* o *Juego de Tronos*. Un caballero errante y un heredero Targaryen, dos personajes excéntricos, partiendo hacia Dorne (o cualquier otro reino) es quizás la imagen más optimista que nos ha regalado esta franquicia en años. Y las posibilidades son infinitas.
Ahora solo queda preguntarse… ¿qué nos deparará el mañana?
