Un thriller con mucho potencial, pero que se queda a medio camino
El último crossover entre *Law & Order* y *SVU* llega cargado de energía, dispuesto a darlo todo. El episodio comienza con un caso brutal: el asesinato de una joven ucraniana que inicialmente parece víctima de agresión sexual, pero termina tomando una bala por la teniente Jessica Brady (Maura Tierney). La investigación promete ser intensa y emocionalmente desgarradora.
Pero el caso rápidamente se expande como un globo aerostático sin control: granjas donde crían bebés para venderlos, asesinatos, supremacistas blancos, explosiones en graneros… ¡oh, Dios mío! El episodio está repleto de ingredientes explosivos, pero la ambición choca con la extensión excesiva, creando un ritmo frenético que nunca logra estabilizarse.
La lucha de egos:
Una trama recurrente es la tensión entre la teniente Brady y la capitana Olivia Benson (Mariska Hargitay). Ambas rozan la muerte, lo que genera una competencia silenciosa por demostrar quién es la más astuta. Estas dos líderes se dan coba constantemente en las escenas del crimen y durante los interrogatorios, cada una intentando que el sospechoso hable primero.
Sin embargo, este tira y afloja entre las dos mujeres se alarga demasiado, eclipsando la trama principal. En un episodio con bebés robados, supremacistas blancos y embriones congelados, la lucha de egos parece un lujo innecesario.
La balanza inclinada:
El mayor problema estructural del episodio es la desproporción entre la investigación policial y el desenlace legal. Aproximadamente el 90% del tiempo se dedica a perseguir sospechosos – Sergey Volkov (Vesselin Todorov Vinnie), Sara Tandon (Colleen Foy) y Joseph Dahlsonn’s (Tom Lipinski) – mientras que solo un 10% se reserva para la batalla judicial, ese punto álgido donde *Law & Order* suele ofrecer su golpe emocional.
Una distribución más equitativa habría solucionado este problema de ritmo. En cambio, la parte legal se siente apresurada, especialmente cuando el juez suprime una pieza clave de evidencia por las tácticas poco ortodoxas de Brady. El caso contra Tandon se ve temporalmente torpedeado – un punto de inflexión que se resuelve con la velocidad de un suspiro.
Un caso complejo y oscuro:
A medida que los detectives «siguen a los embriones», la historia se adentra en una conspiración escalofriante:
* Un banco de esperma de Staten Island con cientos de embriones congelados
* Una organización benéfica religiosa que organiza adopciones cerradas
* Un magnate de la genética con inclinaciones eugenésicas financiando ideologías supremacistas blancas.
* Una explosión en un granero que casi mata al detective Terry Bruno (Kevin Kane).
* Un cementerio clandestino para las víctimas desechables.
Para cuando los detectives se enfrentan a Dahlsonn – un hombre que afirma «proteger la cultura blanca» mientras realiza experimentos genéticos fuera de la ley – el episodio ha presentado tantos personajes repulsivos que uno solo desea que todos ardan en el infierno.
Y sin embargo, la serie aún encuentra espacio para momentos humanos. El dolor de Polina (Tina Ivlev) por el destino de su bebé. Los consejos firmes y realistas de Olivia: Haz lo que puedas vivir con. La claridad moral de Price: Mujeres desechables, bebés para los ricos – genéticamente modificados para la superioridad. Es complicado. Está mal.
Estos momentos funcionan. Siempre funcionan.
Veredicto:
El crossover es audaz, caótico e irresistiblemente watchable. Es un episodio que se niega a seguir las reglas, pero en el proceso pierde parte del ritmo característico de la franquicia. La ambición es admirable; la ejecución es desigual.
Aún así, cuando el jurado declara culpable a Sara Tandon y los embriones fraudulentos de Dahlsonn son ordenados destruir, el episodio logra reunir sus hilos dispersos en una conclusión que se siente ganada con esfuerzo.
¿Un intento audaz? Absolutamente.
¿Un jonrón? No del todo.
Pero es un viaje infernal.
Puntuación general: 7/10
