«Wild Horse Nine»: Cuando la Destabilización Política se Encuentra con los Caballos y el Humor Absurdo
¿Qué tienen en común el 11S de Allende, Hank Williams, el asesinato de JFK y una extraña empatía por los insectos? Pues bien, todo esto (y mucho más) es lo que intenta explorar Martin McDonagh en Wild Horse Nine, una comedia de espías ambientada en 1973 con un toque de reflexión sobre la mortalidad. La acción transcurre principalmente en la diminuta Isla de Pascua, porque claro, ¿dónde mejor para hablar de conspiraciones y existencialismo?
La película se siente como un precuela (o secuela, o side-quel, quién sabe) superficialmente conectada con Burn After Reading de los hermanos Coen. En ella vemos a Chris, un espía veterano interpretado por John Malkovich, escribiendo sus memorias mientras vive una especie de crisis personal y vacacional. Y sí, todo es tan irreverente como suena (aunque todavía no existan los ordenadores).
Chris está en fase inicial de demencia, con un cáncer digno del cine dramático (cof cof, pañuelos blancos) y adicto a la heroína, así que su último deseo es que Lee, su único amigo y compañero de la CIA (Sam Rockwell), lo acompañe a «ver las cabezas grandes». Los caballos salvajes del título son solo una sorpresa agradable para un Chris cada vez más delirante.
Pero aquí viene el giro (o quizás no): ¿quiere Chris que Lee le ponga fin a su sufrimiento? ¿O es todo parte de un plan orquestado por MJ, su jefe con un elegante traje rayado y un bigote sospechoso (Steve Buscemi), para ver si Chris está realmente dispuesto a revelar información explosiva sobre la conspiración del JFK?
McDonagh parece más interesado en la dinámica entre dos hombres muy diferentes que atraviesan momentos difíciles que en una trama compleja. Es un concepto similar al de In Bruges, pero con un tono mucho más disparatado y una buena dosis de reflexiones aleatorias, como las de Seven Psychopaths. Eso sí, el vestuario es impecable.
Sam Rockwell está en su salsa interpretando al tipo exasperado que soltar alguna amenaza con una sonrisa. Y John Malkovich… bueno, Malkovich está sublime (dicen que es “el último caballero erudito del cine americano”) aunque la película no aprovecha todo su potencial, lo cual es una pena. Parker Posey y Tom Waits aparecen brevemente para robar escenas sin tener mucho protagonismo.
Wild Horse Nine es vibrante, hermosa y tiene un humor ácido que se burla de todo. Es un placer verla, especialmente en pantalla grande, disfrutando de los paisajes de Isla de Pascua y Santiago (filmados tanto en alta definición como en granulosa película de 8mm).
Pero, al igual que una operación encubierta fallida, la película desaparece tan rápido como llegó. Al menos nos queda Hank Williams.